Domingo IV Tiempo Ordinario, Ciclo A

 

 

 

Resultado de imagen de imagen del sermon de las bienaventuranzas

 

 

El camino de la felicidad

 

 

EN LA POBREZA DE ESPÍRITU ESTA COMPENDIADA LA MULTITUD DE DICHAS PROMETIDAS POR DIOS Y RESUMIDAS POR JESÚS.
LA OBSERVANCIA DE LA PALABRA DE DIOS REZUMA ALEGRÍA Y DICHA.

EL MONTE DE LAS BIENAVENTURANZAS, «LA CUMBRE MÁS ALTA DE LA TIERRA»

 

1. "Buscad al Señor los humildes. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor" Sofonías 2,3. El Profeta invita a los humildes al cumplimiento de las que Jesús llamará después bienaventuranzas. A continuación, juzga a "la ciudad rebelde, manchada y opresora, que no ha obedecido, ni escarmentado, no ha puesto su confianza en el Señor, ni se ha acercado a su Dios" (Sof 3,1 ss). Dios había quedado desdibujado en aquella generación. "Sus jefes son como leones rugiendo; sus jueces, lobos a la tarde, sin comer desde la mañana" (Sof 3,2). Cuando falta Dios, falta la ética, la moral y la justicia y los que están arriba y los que tienen más poder, porque creen que nadie les ha de pedir cuentas, y no tienen más horizonte que el material, piensan y se jactan: "¡Venga!, a disfrutar de los bienes presentes, a gozar de las cosas con ansia juvenil; ciñámonos coronas de capullos de rosas, antes de que se ajen" (Sab 2,6). Por eso para el profeta Sofonías, lo que importa es el temor del Señor y la confianza en El. Para él tiene menos importancia la pobreza material.

2. En efecto, la riqueza en cualquier orden: dinero, talento, poder, belleza, relaciones sociales, influencia, títulos nobiliarios... de suyo, entitativamente, es átona, indiferente, incolora. Es un medio, un instrumento, una capacidad. Como todos los medios, puede ser empleada correctamente o incorrectamente. La libertad humana tiene la oportunidad con ella de inclinarse a la derecha o deslizarse a la izquierda. Según la inclinación que se adopte, la riqueza será un poderoso aliado, o un pernicioso escalón. Como la experiencia nos dice que los días de claro sol han elevado menos ojos al cielo, que la oscuridad de la noche; y que es más fácil que uno piense en Dios cuando sufre carencias, que cuando está saciado, ahí es donde reside la peligrosidad de la riqueza: “El pueblo pobre y humilde, confiará más fácilmente en el nombre del Señor”. El pueblo rico, confiará más fácilmente en sus poderes, porque los tiene, que en el Señor; pero los justos podrán decir de él: “Mirad al valiente que no puso en Dios su apoyo, confió en sus muchas riquezas, se insolentó en sus crímenes. Pero yo, como verde olivo, confío en la misericordia de Dios por siempre jamás” Salmo 51. El que no tiene poderes no puede, aunque quiera, confiar en ellos. Sólo en el Señor puede depositar su confianza. Y esa es la experiencia que nos aporta hoy San Pablo en su carta a los Corintios: “En vuestra asamblea no hay muchos sabios, ni poderosos, ni aristócratas”. Por eso no pueden presumir de otra cosa que de la piedad del Señor. Y como el Señor es Padre Omnipotente y Misericordioso, dador de la pobreza y de la riqueza, de la vida y de la muerte; y porque los que confían en El van a salir mejor parados, por eso los llama a todos “BIENAVENTURADOS”, “DICHOSOS”, FELICES.

3. La Palabra de Dios rezuma alegría, gozo, dicha, bienaventuranza. Cuando Jesús, llamados ya los doce, comienza a predicar la Buena Noticia, ofrece, antes que su Palabra, el espectáculo fascinante de aquel grupo de hombres, rebosantes de alegría, que eran su mejor y más atractivo pregón. Eran una familia en perenne fiesta de amor. Jesús les decía: “Cuando ayunéis no pongáis cara triste” (Mt 6,16). Lo que les molestaba de los discípulos a los fariseos, e incluso a los discípulos de Juan, más que el hecho de no ayunar, era su alegría: “¿Por qué mientras nosotros y los fariseos ayunamos, tus discípulos no ayunan?” (Mt 9,14). Jesús no contestó sobre el ayuno sino sobre la tristeza: “¿Pueden acaso los invitados a la boda ESTAR TRISTES mientras el novio está con ellos?” (Ib). Y voy a aventurar una imagen: Si los “hippies” (entiéndaseme bien), no hubieran errado el camino, podrían darnos una imagen exterior parecida a la dicha interior y exterior del equipo de Jesús. Con la diferencia de que aquellos no podían ser felices por dentro, y los discípulos de Jesús, sí, como cualquier hombre o mujer que quiera hoy, ahora mismo, comenzar a vivir ese camino, porque la dicha feliz de los que viven las bienaventuranzas no sólo es trascendente, sino inmanente. En los libros sagrados encontramos más de cien veces la palabra fascinante: DICHOSOS. Repetidas veces llaman dichoso al que camina con vida intachable (Sal 118); al que cuida del pobre y del débil (Sal 40); al que confía en el Señor (Sal 83); a los que escuchan la palabra de Dios (Lc 11,28); al que se le ha perdonado su pecado (Sal 31,1); al invitado al banquete de las Bodas del Cordero (Ap 19,9); a los que creen sin haber visto (Jn 20,29)... No es extraño pues, que hoy, en el Sermón de la Montaña comience Jesús, proclamando, con el ritmo solemne y cadencioso de su lengua aramea, el resumen de todas esas felicidades, en ocho bienaventuranzas, algo así, como que los diez mandamientos se encierran en dos. Cuando se posee la riqueza y se es temeroso de Dios y humilde, lo cual es posible, no se abusa ni del poder ni de la riqueza, sino que se los utiliza para promocionar al hombre, para cultivar la paz, para desterrar la pobreza o miseria material, lacra del mundo, y para cultivar los valores humanos, la honradez, el trabajo, la constancia, la veracidad, la solidaridad... Pero si se borra a Dios del horizonte, que, en fin de cuentas, es el que pide cuentas, toda injusticia es posible, todo desplome esperado. "Como no temo a Dios ni a los hombres" (Lc 18,4), decía el juez injusto, hago lo que me da la gana.

 Ante tanta sinrazón e injusticia, ante tanto materialismo y desenfreno, se hace necesaria la intervención de Dios, que se desborda en promesas de restauración mesiánica: "Purificaré los labios de los pueblos para que invoquen todos el nombre del Señor" (Sof 3,9); y la promesa de una restauración interior, una nueva creación por la "que no tendrás que avergonzarte de las acciones con que me ofendiste, porque extirparé tus soberbias bravatas" (Sof 11); de una transformación interior en Cristo obrada por el Espíritu.

4. También hoy, frente a los satisfechos de este mundo, y al “océano nihilista” de una humanidad que ha perdido hasta los puntos de referencia” (Olegario G. de Cardedal), Jesús, como nuevo Moisés, que está creando un pueblo nuevo, presenta a sus discípulos las Bienaventuranzas, proclamas solemnes y magistrales, que describen el nuevo espíritu que él va a predicar y revelan con matices diferentes, una misma actitud coherente: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos" Mateo 5,1. Al materialismo denunciado por Sofonías, opone Jesús la bienaventuranza de la pobreza espiritual, de la paciencia en el sufrimiento y en el llanto, del hambre y sed de justicia, de la misericordia y limpieza de corazón. En definitiva, su propio autorretrato. El es el pobre, el manso, el que no se recató de que le vieran anegado en llanto, y envuelto en sudor de sangre, el que tuvo hambre y sed de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el que trabaja por la paz. Y el que perseguido murió. Jesús designó a los humildes como dichosos. El es el primer hombre bienaventurado, porque goza de la misma bienaventuranza de Dios, que no tiene su corazón ni en la tierra ni en nada de la tierra. Dios es bienaventurado porque es feliz y se sabe feliz, porque no necesita nada, pues en él está todo y quien se acerca a él y deja sus ambiciones terrenas, es igualmente feliz. Pero Jesús sabía que el día que predicó las Bienaventuranzas, había firmado su propia sentencia de muerte (Fulton Shen). Las proclamaba en un monte, cercano a Cafarnaúm, eco, perfección y plenitud del monte Sinaí, pero las tenía que consumar en otro monte, clavado en la cruz. El sabe que las Bienaventuranzas son la opción por una locura, la del amor. Son un monte de alegría pero de la que hay al otro lado de la zarza ardiendo. En el Monte de las Bienaventuranzas, donde Jesús proclamó la nueva ley, ese amor que infunde el Espíritu Santo en nuestros corazones. 

5. Las Bienaventuranzas son la expresión de la santidad de Cristo. No constituyen un código abstracto de comportamiento. Jesús hace su «autorretrato», no se funda en libros o en lugares raros, sino que habla de sí mismo: Él es el pobre de espíritu, el manso, el perseguido, el pacificador... «Aprended de mí». Jesús es el nuevo «código de santidad» que tiene que quedar impreso en los corazones y que hay que contemplar bajo la acción del Espíritu de Dios. La Pasión es la coronación de su santidad: el beso de Judas, la mirada a Pedro, sus palabras «Padre, perdónales»..., todo es amor. Las Bienaventuranzas son un modelo que hay que imitar. Hay que hacer un examen de conciencia utilizando su enunciado. Se trata de mirarse al espejo de las Bienaventuranzas: «¿soy pobre de espíritu? ¿soy humilde y misericordioso? ¿soy puro de corazón? ¿pongo paz entre las partes? ¿soy "bienaventurado, es decir, "feliz, no condenado"?».

 El misterio del perdón. Las Bienaventuranzas son un don de la gracia que tenemos que hacer nuestro a través de la fe y de los sacramentos, de manera especial en la Eucaristía: Jesús no sólo nos da lo que tiene, sino también lo que es, es hijo y nos hace hijos, es santo y nos hace santos. «Al acercarnos a la comunión nos sentimos manchados, nos dan miedo nuestros defectos, nuestra indignidad: es el momento de hacer un gran acto de fe y creer firmemente que todo esto penetra en el mar incandescente de la santidad de Cristo, en él se hunde, es destruido... Me viene a la mente una imagen de cuando era pequeño. Observaba cómo hacían la cal en aquellos tiempos, cuando se hacía en casa. Se echaban piedras en la cal viva y poco después, ante nuestra maravilla de niños, estas piedras se disolvían y se convertían en polvo. Lo mismo sucede con nuestros pecados». El Monte de las Bienaventuranzas de Galilea está a pocos metros sobre el nivel del mar y, sin embargo, es la cumbre más alta de la tierra. Es el monte de la llamada universal a la santidad, que el Vaticano II ha proclamado, como ningún otro Concilio y que San Juan Pablo II, ha repetido con insistencia en la "Tertio Milenio ineunte" «el ardor de la caridad» puede vencer «la tentación de una religiosidad epidérmica y folclórica» para convertirse en «un ambiente adecuado en el que se puede educar a los fieles en esa elevada expresión de la vida cristiana ordinaria, que es la santidad». «Con este estímulo, los creyentes no se contentarán con una existencia caracterizada por la mediocridad o por el "minimalismo" ético, sino que asumirán más bien una conciencia más intensa de los compromisos del Bautismo». Pues, «cuando crece la tensión a la santidad, se supera todo cansancio y desilusión, se refuerza la "fantasía de la caridad" y madura la atención a cuantos están afligidos por antiguas y nuevas pobrezas». El cristiano advierte la necesidad de afrontar con valor y competencia los graves problemas sociales y culturales del momento presente y está dispuesto a aceptar los desafíos planteados por el ambiente en que vive, ofreciendo una aportación personal para que crezca la calidad de la convivencia civil». Y hay que prestar particular atención a la familia, «célula primaria de la sociedad y alcázar para el futuro de la humanidad, reaccionando con firmeza a las presiones culturales que ofenden y relativizan el valor del matrimonio».

6. Para seguir ese camino, Dios se ha complacido en "escoger la gente baja del mundo, la despreciable, lo que no cuenta para anular lo que cuenta" 1 Corintios 1,26. El mismo Pablo fue a Corinto a predicar "con una sensación de impotencia y temblando de miedo" y no confiando en el poder de la persuasión de la elocuencia humana, "sino en la manifestación y en el poder del Espíritu" (1 Cor 2,3). Cuando Dios por tanto, designa a un Superior, no elige a una persona para sentarse a la cabecera de la mesa, ni para llevar unas insignias o distintivos que la hagan brillar más, sino para que sepa sacar de las personas que tiene que presidir la máxima potencialidad, lo mejor de ellos mismos. El Superior debe estudiar a los hermanos para conocer a fondo sus capacidades, para superar sus complejos y eliminar sus limitaciones, para ayudarles a crecer y a desarrollarse, sobre todo en el trato con el Señor. Para ponerse en su lugar como las muletas con las que un cojo puede caminar a la santidad. En fin, para ser el último de todos y el servidor de todos, como ha dicho Jesús. Se pondera del Padre Arrupe su gran respeto a las personas: "Yo no puedo gobernar de otra manera. No soy autoritario. Yo les explicaba y que ellos decidieran". De San Alberto Magno se conoce que renunció a su cátedra de la universidad de París en favor de su discípulo Tomás de Aquino, llamado a iluminar a la Iglesia.

7. Podemos afirmar rotundamente que la dicha de los pobres tiene una base inconmovible, que consiste en que el Señor "hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda y desbarata el camino de los malvados" Salmo 145. Por eso, estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

8. Creamos firmemente que ahora en la Eucaristía vamos a recibir al Bienaventurado y feliz Jesucristo, que actúa en nosotros hoy toda la felicidad, y es capaz de llevarla hasta las raíces más profundas del mundo, a las cuales llega la Redención de su Sangre. Pongamos nuestra súplica en las manos de la Madre de la Misericordia.