2011 AÑO SACERDOTAL.

Convocado por Benedicto XVI en el Centenario del Sto. Cura de Ars.

EL SACERDOCIO ES EL AMOR DEL CORAZON DE JESUS

 

Downloader7.jpg

El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. “¡Pertenecer a Dios, ser de Dios, totalmente, sin división, el cuerpo de Dios, el alma de Dios! ¡Un cuerpo casto, un alma pura! ¡No hay nada más bonito!». «Felices las almas que pueden decir a Dios: ¡Oh Señor, siempre te he pertenecido!». «Dios llena de sí de tal manera al alma pura que ésta se pierde en Él». «Un alma pura brilla ante Dios como una perla al sol. El alma pura es como una bella rosa sobre la que se inclinan las tres Personas divinas para respirar su perfume. Es como un espejo tersísimo que refleja el cielo. La imagen de Dios se refleja en ella como el sol en el agua». «Todos nosotros somos como pequeños espejos en los cuales Dios se contempla a sí mismo. ¿Cómo queréis que Dios se pueda reconocer en un alma impura?». «Un alma pura es como una bella perla. Mientras está escondida dentro de una concha en el fondo del mar nadie será atraído para mirarla; pero si es expuesta a los rayos del sol brilla y atrae las miradas: así sucede con el alma pura que -mientras ahora está escondida a los ojos del mundo -brillará un día ante los ángeles, al sol de la eternidad”.

“¡No hay nada más bello que un alma pura si uno se diera cuenta de ello no podría perder la propia pureza!”. “El buen olor y el buen sabor de las frutas se gusta en la medida en la que el cuerpo está sano. Del mismo modo, el alma siente y penetra las maravillas de Dios en la medida en que es pura. ¡Ah, si no somos puros nunca gustaremos a Dios!». «Dios no puede resistir ante la oración de un alma pura. Un alma que no se haya manchado con este pecado obtiene de Dios todo lo que quiere».

 

image002.jpg

 

 

«Las tentaciones más comunes son el orgullo y la impureza. Uno de los medios para resistir mejor es una vida activa para la gloria de Dios. Muchos se abandonan a una vida cómoda y ociosa. Que no se maraville si el demonio logra ponerlos bajo sus pies». «La pureza viene del cielo: hay que pedirla a Dios. Si la pedimos, la obtendremos. Hay que estar atentos para no perderla». «Cuanto más mortificados hayan sido nuestros cuerpos, tanto más brillarán como diamantes». « Si hubiera experimentado sensaciones carnales me habría servido la disciplina». «Si queremos conservar la pureza del alma y del cuerpo es necesario mortificar la fantasía». Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.

LA CUMBRE DE LA VIRGINIDAD O EL CELIBATO

Cumbre de la castidad y como la aristocracia será la virginidad o el celibato. Otro Pontífice, Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis”, el Siervo de Dios ya presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden. Citando Santo Tomás a San Jerónimo, Contra Jovino, que afirma que su error consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio, escribe: Este error queda rechazado por el ejemplo de Cristo, que eligió a su madre virgen y él mismo se mantuvo virgen, y según la doctrina del Apóstol en 1 Cor 7, 25, que aconsejó la virginidad como un bien mejor. También lo rechaza la razón porque el bien divino es mejor que el humano. Porque el bien del alma es más excelente que el del cuerpo. Y porque el bien de la vida contemplativa es más excelente que el de la activa. Como la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación del género humano, y pertenece a la vida activa, puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol en 1 Cor 7, 33, afirma sin lugar a duda, que la virginidad es mejor que la continencia conyugal .

El amor virginal es el más profundo y extenso. La virginidad no es soledad del corazón. Al contrario, supone compañía fiel de amistades puras y eternas. ¡Y qué hermosa la amistad! ¡Y qué provechosa! Dos o varias almas que se aman y se ayudan, que se reparten sus luces, se potencian. Pero, la virginidad es flor de alta montaña, no puede resistir las temperaturas de la tierra. Su cultivo exige vida espiritual poderosa, fe fuerte. Necesita mirada de águila para descubrir su belleza, telescopio poderoso para ver a Dios. Como consejo evangélico, es un atajo para llegar a Dios. El atajo se aparta del camino general, supone más incomodidad, que sólo se está dispuesto a abrazar cuando la visión de la meta es muy clara y deseada. Un exiliado que está muchos años sin ver a su madre está en disposición de aceptar las penalidades de todos los atajos, porque le mueve el poderoso amor y deseo de su madre. Saber saborear la hermosura de la amistad y que la virginidad es el mejor camino para que la amistad auténtica germine y florezca. José y María son los dos grandes modelos de amigos vírgenes. Los dos miran en la misma dirección: Jesús, su Bien Supremo, su Amor total.

DOCTRINAS FALSAS SOBRE LA CASTIDAD

El Concilio Vaticano II, en el Decreto «Perfectae Caritatis” amonesta no dejarse prevenir por falsas doctrinas. Si el Concilio las señala es porque proliferan hasta el punto de diezmar, de una manera alarmante, las filas religiosas y sacerdotales. La sexualidad es un don divino confiado a los seres humanos; es un don de Dios, si es de Dios ¿cómo puede ser algo malo?, ¿cómo algo creado por Dios, puede ser reprimido y negado? Dios confía este don a los célibes para que éstos vivan su vida espiritual en relaciones responsables e igualitarias; Dios no nos da este don para que la vida espiritual se convierta en constante amargura. Pero llegó Freud y difundió en sus primeros escritos, un error fatal, que identificó el Eros con la libido. En sus últimos escritos ya establece una gran diferencia entre la pasión de la libido y la pasión del Eros y distingue la libido como el impulso biológico hacia la genitalidad, un acto meramente físico y el Eros, es la pasión amorosa de la relación, el deseo de plenitud y de unión y comunión con los otros. La pasión, no es ni malo, ni pecaminoso, sino lo que define una de las características de la vida espiritual célibe del seguimiento de Cristo. Y como pasión viene enriquecida por una fuerza poderosa que potenciará su acción. El Eros es un empuje afectivo sexual, una sed intensa, un impulso que nace desde dentro, una energía que lleva al encuentro, a la relación, a la comunicación, al diálogo e intimidad con Dios y con los hermanos, a un anhelo de vida real del que se acepta como persona sexuada y sexual. Es una pasión afectiva que, integra todas las fuerzas interiores en un amor de la plenitud del ser a Dios y a los hermanos en la construcción del Reino. La sexualidad es, por tanto, un itinerario salvífico. Teológicamente sabemos que Dios no es sexuado, pero él regala a las personas humanas la sexualidad humana, pues es el creador del cuerpo sexuado. La sexualidad humana es, pues, un camino privilegiado de encontrar a Dios, pues Dios es Amor y ha creado al hombre a su imagen y semejanza.

La sexuación consiste en un proceso biográfico por el que las personas humanas se van desarrollando y configurándose como masculinos o femeninos; se clasifican e identifican afectando a la totalidad de la persona, a todo el cuerpo y, por tanto al cerebro, al corazón y a la sensibilidad, que repercute también en el espíritu. De ella deriva toda una manera de relacionarse, comunicarse, expresarse con los demás y con toda la creación. Así pues ni el celibato ni la virginidad pueden renunciar a la sexualidad.

La espiritualidad cristiana abarca toda la vida y es la actualización de la trascendencia humana a través de la experiencia de Jesús hecho carne sexuada, sexual y erótica, pues la experiencia de Dios Jesús la tiene en un cuerpo como el nuestro. La dicotomía de cuerpo y espíritu, el dualismo espiritualista, y griego todavía abunda en la filosofía cristiana y en la cultura occidental. El hombre es un espíritu corpóreo sexuado, sexual y erótico, un espíritu encarnado o la encarnación de un espíritu. Corporeidad sexuada y espiritualidad constituyen el ser humano. Todo en el hombre está marcado por la corporeidad y lleva un sello corporal en todas sus áreas; incluso la de su vida espiritual. El hombre y la mujer son espirituales hasta en su misma corporeidad sexuada. Su cuerpo sexuado es la cara visible de su espíritu, transparencia, y plenitud del alma, medio de encuentro, relación y comunicación con la realidad.

NO PODEMOS PRESCINDIR DE NUESTRA SEXUALIDAD

El amor es el gran catalizador de las mejores y más exquisitas facetas y entregas. Ante el objeto del amor las personas humanas dan los saltos más ardidos. Las mejores creaciones del genio, los más altos valores masculinos y femeninos han tenido como motivo y resorte el amor. Si quitamos a las personas humanas lo que pide su naturaleza, o lo llenamos con unos motivos superiores que canalicen toda su fuerza de amor, o las mutilamos en sus más exquisitas realizaciones. Y encima las convertimos en seres resentidos, incapaces de valorar el mundo de lo bello y de lo noble, de la excelencia y de lo heroico, y quedan hechos seres suspicaces que, parecen como defraudados por alguien, o por la sociedad, de lo que resulta unos caracteres agresivos e incapaces de hacer el bien por la convivencia y, sobre todo, de arrastrar a otros hombres tras el que debía ser ideal de su vida. Y encima, creen que aman a Dios porque no aman a nadie.

Esos hombres y mujeres de la trascendencia levantan más el vuelo. De gallinas de corral se convierten en águilas de las alturas. Actualizan y viven lo sobrenatural. Consagran todas sus fuerzas, y su afectividad al Reino con lo que lo están anunciando de la manera más elocuente que puede ser anunciado: viviendo, ya, en la carne, como vivirán resucitados, como Jesús y María viven ya en la Patria celeste. Ya no son personas incompletas. Ya no tienen la sensación de vacío que les agrie el carácter y les hace infelices. Han acertado a llenar el vacío de su corazón creado para amar y ser amado, con el amor que les llenará eternamente donde viviremos viendo, amando, gozando, según la frase lapidaria de San Agustín. Como San Pablo pueden decir: su vida es Cristo, y el centro es Cristo y la pasión y razón de ser de su vida es Cristo, no sólo pensado, sino efectivamente amado. Cristo también es capaz, ¿no va a serlo, si lo es una criatura?, y con razón infinitamente superior, de magnetizar una vida, de llenar un corazón, de centrar por completo una actividad incesante. Las mayores gestas de la historia las protagonizan enamorados de Jesucristo. Hasta la gesta de la sangre, que es el mayor y más convincente de los testimonios, de la que Pascal decía que sólo creía en los testigos que se dejaban matar. Es necesario para mantener en equilibrio santo la vida afectiva humana el diálogo afectuoso con Cristo. Santa Teresa, acertó a dar de la oración, la definición más humana que se ha dado: tratar de amistad con quien sabemos nos ama. No está mucho la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, por eso aquello que os moviere a amar, eso haced”. Lo dejó escrito en las Moradas (IV, 1,7).

Pero esa joya de la castidad, que el "Decreto Perfectae Caritatis” del Vaticano II lo llama don exquisito de la gracia, tiene su precio en la dicotomía del cuerpo y espíritu. Exige una vida mortificada. No bastará la oración, el trato afectuoso con el Señor, mejor dicho, tampoco éste será posible, sin una constante mortificación de los sentidos y de la sensibilidad. El Concilio amonesta a los sacerdotes que no presuman de sus propias fuerzas, que tampoco omitan los medios naturales aptos y útiles para la salud del alma y del cuerpo. Hay que pedir la castidad. No basta con haber hecho el voto o la promesa un día lleno de santo fervor. Hay que suplicarla muchas veces y muy humildemente cada día. Que nadie se fíe, no quiera nadie tentar a Dios. Nadie se engañe pensando que estos tiempos han abolido el pecado original.

ORIGEN Y CREACIÓN DE OTROS MUNDOS

En contrapartida, por la castidad virginal están creando mundos. Mundos, no de materia, sino de espíritu. Por ella están recordando a los hombres que sólo quien despliega sus velas al soplo del Espíritu, dirigiendo la proa de su barca al Impulso del mismo que sopla y no sabes de dónde viene ni a dónde te lleva, como Abrahán siguió la voz de Yahvé, podrá superar esa inmensa angustia de la agonía que es el vivir. Por la castidad virginal son ciprés que escala la altura y la señala, pudiendo ser madera que cuece la comida alimentando el hogar. Son pino que da sombra al cansado caminante, inspira sosiego al desquiciado advenedizo, con el desorden en su alma, son luz, humedad, oxígeno del espíritu vitalmente necesario en la era de la contaminación atmosférica del alma y del cambio climático. El hombre, por voluntad de Dios, engendra para alargar la vida, don supremo de su creación. Pero engendrar almas es un privilegio especial de las vírgenes y los célibes. El hombre tiene una intrínseca necesidad de perpetuar su vida, que no quiere perder. Es íntimo y desesperante deseo del hombre el grito de la Escritura: “No he de morir, yo viviré” (Sal 117,17).

Por eso el hombre para asegurar, de alguna manera, su sed inextinguible de inmortalidad, que ve asegurada en sus hijos, a través de los cuales el hombre siente enlazada su vida con el futuro; cuando le fallen sus fuerzas le suplirán las de sus hijos, suyas, de algún modo; siente que ellos le perpetuarán, con lo cual se ilusionará de que no muere. Pero llega la muerte y entonces aún la acepta para que sea realidad la vida de sus hijos. Pero los célibes saben que no es por los hijos por donde alcanzan la inmortalidad que anhelan, sino por la renuncia de su vida, por la unión de su muerte mística con la de Cristo, con la que participan de su resurrección. Eso es buscar la vida con tal ansia y radicalidad que, acertadamente, para conseguirla, remontan el vuelo sobre los caminos que los humanos, sólo ven a la luz de este hemisferio. D. ª Teresa Laiz, fundadora del monasterio Teresiano de Alba de Tormes, no tenía hijos y los deseaba y pedía a Dios. El Señor le enseñó un campo cubierto de lindísimas flores, que era su misma casa, y le dijo: estos son los innumerables hijos que tendrás: un monasterio de contemplativas, que vivirán siempre. Allí morirá Santa Teresa de Jesús. Es un Amor eficaz y fecundo, que redunda en el amor a los hermanos, por quienes trabaja y se sacrifica y ora. No es un amor encerrado en una torre de marfil.

En las Bodas de Caná el maestresala advirtió al novio que había actuado al revés de la gente, que servía primero el vino mejor y guardaba el peor para el final cuando ya estaban calamocanos, para ofrecerles el peor. Una vez así arguyó Paúl Claudel a un amigo:

POR UN VASO DE VINO MALO

A un amigo que estaba convencido de que escoger la castidad era situarse fuera de la corriente de la verdadera vida, Paúl Claudel respondió con estas iluminadoras palabras: “Nosotros vivimos aun en el viejo prejuicio romántico de que la felicidad suprema el gran interés, el único fin de la existencia, consiste en nuestras relaciones con la mujer y en la satisfacción de nuestros sentidos que obtenemos con ello. Se olvida sólo una cosa: que el alma y el espíritu son realidades tan fuertes, tan exigentes como la carne y que, si concedemos a la carne todo lo que ella pide, es en detrimento de otras alegrías, de otras regiones maravillosas que nos quedarán cerradas para siempre. Consumimos un vaso de vino malo en cualquier taberna o salón y nos olvidamos de este mar virginal que otros contemplan cuando se eleva el so1”.

El mismo psicoanálisis, según el primer discípulo de Freud, descubre el valor de la virginidad como signo y se abre a la dimensión espiritual y eterna del hombre. “El único camino para desprenderse del conflicto humano, es el de la renuncia total que nos lleva a ofrecer toda nuestra vida como don al Sumo Poder. La verdadera y heroica convalidación de la vida propia se sitúa más allá del sexo, más allá del otro. Para alcanzar estabilidad, el individuo debe impulsar su mirada más allá de los otros y de sus consuelos, más allá de todas las cosas de este mundo”. Por la revelación, sabemos que la virginidad y el celibato no destruyen la naturaleza sino que la realizan a un nivel más profundo. Lo que es natural en el hombre lo señala su naturaleza, que es aquello que el hombre es y tiene desde su nacimiento, incluyendo lo que está llamado a ser, en obediencia a la palabra de Dios, a su vocación. El hombre perfecto es Jesús resucitado, el segundo hombre, el último Adán, según Pablo en 1 Co 15, 45, seguida por los Padres de la Iglesia; cuanto más se aproxima un hombre a este modo de humanidad resulta más él mismo verdadero hombre, hombre en plenitud. Si no existiera más que la naturaleza, no habría un motivo para oponerse a los impulsos naturales, pero existe también la vocación. En cierto sentido, el estado más natural del hombre es la virginidad, porque no estamos llamados a vivir en una eterna relación de pareja sino en una eterna relación con Dios. Dios nos ha destinado a ser siempre nuestro todo (1 Co 15,28).

El Reino ya ha venido, pero todavía no ha llegado, ya, pero todavía no, sino que está en camino. Debe venir de una manera más real. Hay unión según la carne, y según el Espíritu. El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con el, Cor 1 6, 17. La virgen santa Inés, ante la propuesta de un matrimonio humano dijo: Ya estoy desposada... Me he ligado a él con el anillo, mi Señor Jesucristo (Oficio de la Fiesta). Los célibes y las vírgenes por el Reino no son los que han renunciado a casarse. Somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esto es lo definitivo para los hombres, llamados como estamos por Dios a la intimidad trinitaria. Son los que misteriosamente han sido iluminados de que una criatura, una familia, los hijos…no les basta, se sienten demasiado limitados y tienen necesidad de amar algo divino. Lo dice poéticamente Santa Teresita de Lisseux:

«Necesito un corazón ardiente de ternura,

que sea mi apoyo para siempre;

que ame todo en mí, hasta mi debilidad,

que no me abandone ni de día ni de noche.

 

No he podido encontrar criatura alguna

que me amara siempre sin morir;

necesito un Dios que tome mi naturaleza,

que se haga mi hermano y pueda sufrir».

 

«Cuando en mi joven corazón se encendió

esta llama que se llama amor,..

viniste tú a reclamarla.

 

Y tú solo, oh Jesús, pudiste

contentar mi alma.

Porque tenía necesidad de amar

hasta el infinito.

 

LA CUMBRE DEL AMOR EN LA VIRGINIDAD

¡Lo que se han perdido las vírgenes necias de la parábola! El salmo 44 nos narra la entrada de la esposa en el palacio real, bellísima, vestida de perlas y brocado; llega ante el esposo rey, Cristo, con séquito de vírgenes, acompañada de sus compañeras entre alegría y algazara. El salmo se titula “Canto de amor”. La boda se celebra en un decorado propio de las “Mil y una noches”. Es la poesía de la prosa del “Cantar de los cantares”. Jesús, como novio locamente enamorado, cantó sin cesar en su corazón, este canto de amor, porque él, que es el AMOR, está INMUTABLEMENTE e insondablemente enamorado, concepto que atraviesa toda la Biblia. Así, a los que veían con malos ojos que sus discípulos ni ayunaban ni hacían penitencia como los de Juan, Jesús contestó: “¿Pueden llorar los amigos del novio, estando él con ellos?” (Mt 9,15). Jesús es célibe y está enamorado. Hoy se alardea de no ser vírgenes, aunque no están enamoradas. Pero, ¿puede una virgen estar enamorada? ¿Puede arder de amor un célibe? ¿Puede consumirse de amor verdadero, una persona consagrada al Amor? Preguntádselo a Santa Cecilia, que renuncia a costa de su vida a Valeriano, el mejor partido de Roma, o al ambicioso Francisco Xavier, que va a morir dictándole al padre Cosme que escriba a Roma al padre Ignacio, “que ha muerto pensando en él, lleno de amores... aquel impaciente de París”, o a Teresa de Jesús, guapísima e inteligentísima, o a San Juan de la Cruz, o San Ignacio de Loyola, que había vivido en la corte y en la carne, o a la Doctora Nueva de la Iglesia, Santa Teresa del Niño Jesús, que murió de amor musitando: “¡Oh, le amo! ¡Dios mío, os amo!”, y cayó en éxtasis bellísimo y radiante hasta que inclinó la cabeza.

Pero yo se lo preguntaría, sobre todo a San Agustín que, habiendo experimentado todas las categorías del amor, el de su madre, Santa Mónica, el de su amigo Alipio, la mitad de su alma: “animaedimidium meae”; el de la carne, “nondum amabam et amare amabam” “todavía no amaba y deseaba amar”, pues amar y ser amado era lo más dulce para mí, sobre todo si podía gozar del cuerpo de la amante”, por eso se lió con una mujer y después con su amante africanita, de la que tuvo un hijo inteligentísimo, Adeodato, que murió pronto. Cuando Agustín la arrancó de su lado quedó llagado su corazón, manando sangre continuamente, y por fin a las dos jovencitas que le siguieron. “Al fin fui amado y llegué al placer, para luego ser azotado con las varas candentes de hierro de los celos, sospechas, temores, iras y contiendas”. El gran corazón de Agustín, conocedor de todos los amores, necesita amar y se va a consagrar en el celibato, ¿cómo podrá ya amar, siendo célibe? Cuando por fin vio la luz, llegó a amar tanto, que escribió la frase conocida por todo el mundo: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón inquieto sólo puede descansar en ti”. Y cuando ya estaba gozando del amor de Dios, a él consagrado, escribe en sus Confesiones: “Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. Por fin aquella águila gigante había encontrado el AMOR. Y con el amor, la fecundidad. Santa Teresa escribe que para esto es este matrimonio, para que nazcan obras. Sus obras son los hijos. Todavía, después de dieciséis siglos, viven los innumerables hijos de San Agustín, y los de San Ignacio, y de Santa Teresita.

Pero no vayamos a creer que ese camino es ancho y que a su meta se llega por los derroteros del desenfreno y desmadre. El mismo San Agustín, con toda crudeza, nos describe su estado: “Pedía a Dios la castidad, pero no para ahora, sino para más adelante, porque a mí, cautivo, me atormentaba con vehemencia la costumbre de saciar mi insaciable concupiscencia, y el deseo del coito era tan intenso, que su privación me llenaba de tristeza y angustia”.

 

SOREN KIERKEGAARD, PASTOR LUTERANO

 

image004.jpg

 

Lutero había rechazado el celibato y la virginidad, prefiriendo el matrimonio. Ahí está Catalina Bora. Y en esa disidencia, en ese ambiente del protestantismo luterano, que miraba tal opción con desconfianza, ofreció el pastor Soren Kierkegaard el testimonio de abrazar la invitación de Dios en solitario. Su novia se llamada Regina, y la amaba como sólo un joven con un idealismo excepcional podía amar. Cuando comprendió su verdadera misión y cuál habría de ser su vida en el mundo, afrontó el martirio de separarse de su novia. Escribe: Dios quiere el celibato porque quiere ser amado. Tú, infinita Majestad, aun cuando tú no fueras amor, aun cuando tú fueras frío en tu infinita Majestad, yo no podría más que amarte; necesito algo majestuoso para amarlo. Había y hay en mi alma una necesidad de majestad, de una majestad de la que nunca me sentiré cansado de adorar. Nada de esta majestad encontré en el mundo. Ser Esposos de la Majestad de Dios, Esposos del Absoluto. Sobre todo si encuentra una persona que le acompañe en su idea.

No hay mejor palabra que el verbo casarse, desposarse para expresar la relación nueva y especial que la virginidad establece con Cristo y con Dios, con el mundo sobrenatural. En sentido metafórico, decimos de alguien que se ha casado con una causa cuando se ha entregado del todo a ella, y ha hecho suyos los intereses, los riesgos, el éxito de dicha causa. Tenemos el derecho de decir que el virgen se ha desposado con el Reino o con Jesús, una persona; lo que es no temporalmente, sino para la eternidad. Lo que liga al célibe o a la virgen a Jesús es un lazo tan totalitario y exclusivo, que encuentra un equivalente, pero más profundo, total, de raíz, que cuando un hombre se casa con una mujer.

EI rabino judío Simeón ben Azzai, estudioso asiduo de la Ley mosaica, que vivió en el mismo siglo de san Pablo, desafiando a la mentalidad común de los hebreos, rechazó casarse: “Mi alma está enamorada de la Torah. ¡Ya se encargarán otros de que el mundo sobreviva!”. EI célibe y la virgen cristiana pueden decir con más razón estas palabras: Mi alma está enamorada de Jesucristo; ¡ya se encargarán otros de que el mundo sobreviva! Habiendo desposado una causa, el Reino de los cielos, estamos llamados a servir a esa causa; habiendo desposado a una persona, el Señor, estamos llamados a complacer a esta persona: “El no casado -dice san Pablo- se preocupa de las cosas del Señor, de como agradar al Señor”. Esto es algo más que un simple servicio. ¡El deseo mas íntimo de la esposa es complacer a su esposo! ¡Así la virgen debe complacer a Alguien! San Pablo invita a la virgen cristiana a seguir el ejemplo de la mujer casada. ¿Qué no haría una novia para agradar a su novio y a la inversa? ¿Qué no haría una esposa, fiel y afectuosa, para agradar a1 marido y viceversa? La prima de Teresita de Lissieux, Juana Guerin, recién casada con el Doctor La Neleé, le confiaba las delicadezas que prodigaba a su esposo y ella se propuso no ser menos delicada con su Esposo Divino Jesús…

 

LA MADRE DE SAN AMBROSIO, LA VIUDA MARCELINA

 

image006.jpg

 

En el siglo IV, la joven viuda Marcelina, vivía en una casa patricia con sus hijos Sátiro, y Ambrosio. Había convertida su casa en monasterio para albergar a las vírgenes consagradas a Cristo, vistiendo el velo de su consagración bajo el testimonio y magisterio de la madre de Ambrosio. Este dato nos permitirá entender el carisma de Ambrosio, como apóstol de la virginidad. Vilipendiado por la gente por su constante predicación, se defenderá: “Me dirá alguno: Tú todos los días nos estás hablando de las excelencias de la virginidad.” - ¿Pues qué he de hacer, ya que alabando diariamente lo mismo no consigo ningún fruto entre vosotros? No es al menos mía la culpa. Ved cómo vienen las vírgenes desde Piacencia, desde Bolonia, desde la Mauritania, para recibir aquí el velo sagrado. ¿No es maravilloso? Hablo aquí y allí persuado... Sé de muchas jóvenes que desean ser vírgenes y sus madres se lo impiden y aun les prohíben venir a escucharme...” El obispo era un formidable propagandista de la virginidad, lo que no era fácil y crecían entre sus fieles las murmuraciones, las suspicacias y las resistencias. Por experiencia se que tampoco ahora es fácil la tarea ni frecuente. “Confiésate con quien quieras menos con ese sacerdote”, he tenido que sufrir. Mas tal era la autoridad de Ambrosio, tal su virtud, que en su presencia todos enmudecían. Hasta aquel discípulo de Arrio, el sutil Helvidio, que se atreverá a impugnar, no sólo a atacar los afanes de Ambrosio, sino la misma virginidad de Santa María. Ambrosio utilizaba este gran recurso y argumento de la bendita y augusta virginidad. “Sírvaos, decía, la vida de María de modelo de virginidad; en ella como en un espejo, brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda virtud... El mayor estímulo del alumno es la excelencia del maestro. Y ¿qué Maestra más insigne que la Madre de Dios? ¿Cuál más preclara que aquella que fue elegida por su misma claridad, o cuál más casta que la que engendró sin mancillar su pureza?” Y con la virginidad de Santa María por emblema y escudo, el obispo proseguía su campaña.

LA AUGUSTA TRINIDAD, LA PRIMERA VIRGEN

Corto se quedaba Ambrosio, pues con ser María modelo principal de vírgenes, no es ella la primera Virgen. San Gregorio Nacianceno, canta bellamente en un Himno, que la precede la Santa Trinidad. En efecto, este Padre la Iglesia compuso un himno en alabanza de la virginidad, que canta que la virginidad tiene un modelo más alto que la Iglesia, más alto incluso que María: ¡la Trinidad! La primera virgen es la Santísima Trinidad. No sólo porque la generación eterna del Verbo es virginal, sino porque también ha creado ella sola el universo, sin concurso de una materia preexistente. Un día un grupo de sabios analfabetos e insolentes desafiaron a Dios: Ellos podían crear un hombre del barro de la tierra. Dios Creador aceptó el reto.

Y comenzó la osadía empezando por coger barro de la tierra para hacer el monigote. Dios Creador les dijo “¡Alto ahí! Esa tierra y ese barro son míos”. La Santísima Trinidad ha creado de la nada, virginalmente. En toda generación por vía sexual hay un elemento de egoísmo y de concupiscencia. El hombre y la mujer, al engendrar un hijo, dan pero también se hacen un don; realizan, pero también se realizan, pues tienen necesidad del encuentro con el otro para completarse y enriquecerse. Pero la Trinidad, cuando crea, realiza no se rea liza, pues en sí misma es absolutamente feliz. Lo proclama la Anáfora Eucarística IV “Has dado origen al universo para difundir tu amor sobre todas las criaturas y alegrarlas con el resplandor de tu luz”. Y he ahí el dato más hermoso de la virginidad, la gratuidad. Los vírgenes cristianos imitan esta gratuidad cuando aman y cuidan de los niños que genéticamente no son suyos, de los enfermos, de los ancianos, y cuando los contemplativos se cargan con pecados que no son suyos e interceder por el mundo. Así el pueblo llama padre y madre o los sacerdotes y religiosas. Cuántos misioneros y cuántos fundadores de obras son recordados simplemente como el Padre y cuántas mujeres como la Madre. San Ambrosio de Milán, el serio y gravísimo San Ambrosio, fue el hombre que escribía: "Muy bien se puede comparar a la abeja con la virgen, así es de trabajadora, pudorosa y casta. La abeja se alimenta de rocío, desconoce las uniones sexuales, fabrica miel. El rocío de la virgen es su conversación con Dios..., su cuerpo inmaculado es el pudor virginal, los frutos de la virgen son sus palabras exentas de amargura... Cuánto deseo, hermana mía, que imites a la pequeña abeja, que se alimenta de flores, en su boca lleva el fruto y con su boca lo prepara..."

Pero Ambrosio no era, ni por temperamento, ni por su género de vida, el caballero exclusivo de las vírgenes. San Ambrosio, el caballero celeste de las vírgenes, es también San Ambrosio, el doctor de los saberes copiosos y San Ambrosio el liturgo de una liturgia fastuosa y sublime, y el San Ambrosio de los pobres, ciegos, cojos, mancos y hambrientos. El que escribió contra los arrianos y compuso una serie de himnos solemnes, que se utilizan todavía en la liturgia actual. Mas lo admirable de este campeón de la virginidad es su circunstancia en la que desarrolló su campaña. Ambrosio no era, ni por temperamento, ni por su género de vida, un monje tímido que sólo sabía de santas purezas y retiros. El era un hombre de leyes, educado en la comodidad y en la jurisprudencia, que muy pronto supo de honores y de gobierno. Su estilo de alma era recio, reflexivo y hasta imperioso. Era él un joven gobernador que acude al templo para pacificar los ánimos revueltos por la elección de nuevo obispo, y lo hizo con tal autoridad, que de pronto le proclamaron obispo el clero y el pueblo unánimes. Ambrosio manifestó su grandeza resistiendo la elección. Y el que era gobernador fue consagrado, sacerdote y obispo, ocupando desde entonces en aquel siglo uno de los puestos más influyentes y decisivos del imperio. El campeón de las vírgenes era el gobernador, amigo de los emperadores; primero de Valentiniano; después, de Graciano y de Teodosio. Obispo de cuerpo entero, que no se doblegó ante ningún poder de la tierra, detuvo la cólera de Máximo dispuesto a devastar Italia. Su grandeza de ánimo quedó patente en la excomunión lanzada contra Teodosio por su cruel carnicería en Tesalónica castigando un motín sedicioso en esa ciudad, matando a 7000 personas. Cuando regresó a Milán y quiso entrar en la basílica, San Ambrosio le detuvo en el umbral, diciéndole: "Ya que has imitado a David en el crimen, imítalo también en la penitencia". Y no quiso admitirle en la iglesia hasta que hubo cumplido una penitencia pública, durante ocho meses. Tal era aquel hombre pétreo y firmísimo, que supo hacer compatible su sabiduría, su gobierno, su gravedad, su prestigio universal, con aquel amor delicado y tierno por la virginidad y sus flores.

PARA VIVIR EL CELIBATO EN PLENITUD

Los sacerdotes que son eficaces pastores y predicadores saben descifrar el deseo que siente su espíritu de intimidad con Dios y con otras personas. La fuerza de este deseo depende, por supuesto de múltiples causas. Igual que sus hermanos y hermanas de la gran familia humana, ellos aguardan con fe y esperanza el don de unos amigos con quienes vivir una experiencia de amor. Ante todo el Obispo con el Presbiterio, pues, en último término, la unión íntima con otra persona es un don de Dios. El sacerdote, como cualquier persona, debe estar preparado para recibir ese don, y capacitarse para acogerlo. Tenemos necesidad de experiencias regulares de intimidad y trascendencia para que el deseo de unión que habita el espíritu pueda realizarse. Nos hemos centrado en momentos especiales, en momentos gratuitos de unión con Dios, con otras personas y con la creación. En momentos de auténtica intimidad célibe, la persona experimenta la unión con Dios y con la creación entera. Cuando nos vemos invadidos por la fascinación y el misterio del éxtasis trascendente, el espíritu se deleita en la comunión íntima con la creación de Dios, al tiempo que se funde con el resto de la huma nidad. Las experiencias de intimidad y trascendencia son momentos de verdadero éxtasis espiritual. En el gozo que le depara la amistad íntima, se vive la experiencia de una santa unión y comunión. En estos gratuitos momentos de unión y comunión, la riqueza y el desbordante sentido del misterio se encuentran a salvo de toda duda. Estas epifanías, como los antiguos profetas se conservan en la memoria, y de ellas se obtienen fuerza y consuelo. Los momentos de intimidad y trascendencia son sucesos de gracia pensados para transformar a la persona. Tal transformación permite a cualquier creyente vivir en un estado de intimidad y trascendencia, en un estado de gracia.

JORDÁN DE SAJONIA Y DIANA D' ANDALO

Nos vamos a detener en la lectura de la confesión de Donald B. Cozzens, rector del seminario de Cleveland (Ohio) quien, siendo todavía estudiante de teología, encontró en la biblioteca del seminario un pequeño libro, «¡Al cielo con Diana!», escrito por Gerald Vann, que le impactó intelectual y cordialmente durante sus años de seminario. Era un libro que hablaba con pasión de la búsqueda de la santidad y de la compatibilidad de esa búsqueda con la amistad íntima entre seres humanos. Vann no sólo defendía que la amistad célibe es compatible con el compromiso y el ministerio sacerdotal y religioso, sino que demostraba que, cuando es honesta, resulta ser el camino más seguro, aunque no esté exento de peligros.

Vann habla de la extraordinaria amistad que mantuvieron el beato Jordán de Sajonia, segundo Maestro General de la Orden de Predicadores, Sucesor por tanto de Santo Domingo y la beata Diana D'Andalo, Primera Superiora de las dominicas. Inspirándose en la sorprendente pasión e insondable profundidad espiritual de las cartas de Jordán a Diana, Vann elabora una teología de la amistad espiritual loable por su integración del amor humano y el amor divino. Los corazones de Jordán y Diana permanecieron centrados en Dios, y la cada vez más profunda unión de cada uno de ellos con Él constituyó el contexto y el fundamento de su amor y compromiso mutuo. Su intimidad interpersonal acrecentó la capacidad de sus almas para el asombro y la fascinación, para experimentar momentos de comunicación con Dios. Vann reproduce cincuenta cartas de Jordán a Diana, escritas en un periodo de catorce años. A lo largo de toda su correspondencia él sigue dirigiéndose a ella como “mi querida hija en Cristo”. Con el paso del tiempo, se convirtieron en “amigos del alma” en Cristo, y la gracia de Dios los condujo a una interdependencia mutua en cuanto miembros fundadores de la familia dominicana. Ambos cargaron con la responsabilidad del liderazgo, y su amistad íntima les sirvió de apoyo y consuelo a la hora de afrontar los retos que surgieron en los primeros años de la orden dominicana.

SUS CARTAS

Tres fragmentos de las cartas de Jordán bastarán para dejar constancia de la profundidad y pasión de su amor: “Ya que no me es dado, amada mía, verte con mis ojos corporales con tanta frecuencia como tú y yo desearíamos, ni tampoco disfrutar de tu presencia, mi corazón encuentra un leve consuelo cuando puedo visitarte por carta y contarte cómo me van las cosas... “. Dos años después, Jordán escribe: “No encuentro tiempo para escribirte la extensa carta que tu amor desearía y que a mí me complacería enviarte; no obstante, te escribo, te envío una palabra muy pequeña: la Palabra que se empequeñeció en la cuna, la Palabra que se hizo carne por nosotros, la Palabra de salvación y gracia, Jesucristo... Repasa esta Palabra en tu corazón, dale vueltas en tu cabeza, déjala ser tan dulce como la miel en tus labios; reflexiónala, habita en ella para que ella pueda acompañarte y habitar en ti para siempre. También te envío otra palabra, menuda y breve: amor, que en tu corazón le hablará por mí a tu amor y le dará mi contento. Haz también tuya esta palabra y que te acompañe en todo instante”.

Aunque es indudable que encontraron alegría y profundo placer en su amistad, Diana y Jordán también conocieron el dolor de la prolongada separación. Jordán escribe: “Cuanto más tiempo pasamos separados el uno del otro, tanto mayor se hace nuestro deseo de volver a vemos. No obstante, lo único que hasta ahora me ha impedido ir a visitarte ha sido la voluntad de Dios; y si tal era su voluntad, no nos queda más remedio que conformar a ella las nuestras”. Jordán de Sajonia y Diana D' Andalo fueron bendecidos con una apasionada e íntima amistad. Su extraordinaria amistad ofrece un testimonio intemporal del poder del amor célibe.

 

TESTIMONIO DE THOMAS MERTON

 

image008.jpg

 

Siete siglos más tarde, el autor de libros de espiritualidad más célebre de los Estados Unidos registró en su diario la sorprendente relación íntima con una joven enfermera treinta años menor que él. El amor de Thomas Merton por una estudiante de enfermería que lo atendió a raíz de una operación de espalda en marzo de 1966, y el amor de ella por él ilustran el poder y la fuerza del deseo de unión e intimidad que siente el corazón humano. Su amistad y amor les llevó a momentos extáticos de intimidad y trascendencia. Ambos reconocieron haber experimentado una transformación tal en su espíritu y en su corazón que, a juicio de ellos, les impedía dudar acerca de la autenticidad de su amor. El hecho básico es que ella me ama efectivamente. Ella necesita que yo le brinde un tipo de amor que la apoye y la ayude a creer en sí misma. Su amor suscita en mí a la vez una abrumadora gratitud y el impulso a echarme en sus brazos con todo mi ser, y tam bién miedo a ser engañado y herido. Merton, al igual que Jordán de Sajonia, nos ofrece un testimonio escrito de la amistad. El dominico escribe del elemento más sublime de la amistad célibe. Sus cartas remiten al ideal. La entrada del diario de Merton del 6 de agosto de 1966 deja perfectamente claro que él siempre estuvo convencido de la esencial bondad de su relación con la joven: "¡Qué hermosas fueron las pocas ocasiones en que pudimos estar juntos! No me arrepiento de mi amor por ella”, y el amor de ella por él ilustran el poder y la fuerza del deseo de unión e intimidad que siente el humano corazón.

Merton, al igual que Jordán de Sajonia, nos ofrece un testimonio escrito de la amistad. “Una de las cosas perfectamente sensatas que trae consigo este amor es el hecho de verme a mí mismo como la persona amada por esa joven. Aunque es verdad que ella me idealiza lo indecible, al mismo tiempo y de manera inevitable, me conoce como soy. Mu chas de las cosas que ella ama en mí yo las encuentro humillantes e imposibles, pero ella las ama concretamente porque son mías. Yo la amo a ella de la misma manera. ¡Esto es sin duda magnífico!”. El 17 de mayo de 1966 escribe: “Esta noche, a la 1.30 de la mañana, estábamos despiertos los dos pensando el uno en el otro (a ella le gusta este detalle y a mí también, pero, después de haber dormido un rato, yo me desperté de nuevo a las 3.30 en medio de una espléndida y terrible crisis de amor y derramamiento de lágrimas...

Hay dos factores que sugieren que puede merecer la pena prestar atención a su relación. La entrada del diario correspondiente al 6 de agosto de 1966 deja perfectamente claro que Merton siempre estuvo convencido de la esencial bondad de su relación con la joven. Merton anota: «Mi vida tiene ahora una cierta plenitud, aun sin ella. Algo que antes nunca había» (2 de septiembre de 1966). Jordán y Diana vivieron la bendición de su amor como célibes comprometidos y mutuamente vinculados por el carisma dominico en el que ambos tenían sus raíces. Su amistad íntima se vio respaldada y sustentada por su común vocación a la Orden de Predicadores. Merton reconoce que fue un verdadero regalo de Dios y de que ha supuesto una inestimable ayuda para mí. Y sé que en nuestras vidas, en las de los dos, ha quedado como algo sano y hermoso, como una verdadera gracia, que nos mantendrá unidos de por vida. ¡Qué agradecido me siento por haber vivido algo así!”.

RENUNCIANDO A ELLAS

En el mundo terapéutico de la psicología, lo que es bueno para la personalidad y el espíritu del individuo se convierte en un derecho que cabe ejercer directamente y con todas las energías que uno pueda reunir. Si algo es bueno y noble, beneficioso e incluso esencial para la persona, sería insensato no entregarse en cuerpo y alma a obtenerlo. Pero la psicoterapia no ha descubierto aún la paradoja del Evangelio: algunas cosas sólo se consiguen renunciando a ellas. “Cuanto más buscarla quise / con tanto menos me hallé / cuando ya no lo quería / túvelo todo sin querer”. Confesará San Juan de la Cruz. La felicidad se alcanza olvidándose del propio deseo de ser feliz y viviendo de tal forma que uno contribuya a la felicidad de los demás. La santidad brota del deseo de vivir según la voluntad de Dios en desinteresada alabanza y acción de gracias; la mejor manera de buscarla es por vía indirecta. La intimidad se consigue cuando se confía en que vendrá si no es perseguida directamente. Porque, al igual que muchas de las verdaderas bendiciones de la vida, la intimidad es un regalo. Uno se prepara para ella a través de la oración y una vida cabal... y espera. Si uno se empeña en conseguir una amistad íntima, ésta le eludirá. Si uno busca deliberadamente su propia realización, nunca la alcanzará.

Cuando una persona se entrega por completo a alguna tarea hasta el punto de quedar absorto en ella como en un trabajo creativo, los artistas experimentan los efectos purificadores de su trabajo. El psicólogo y filósofo Sigmund Koch ha descubierto que, en el acto de crear, “el yo desaparece”. El yo se desvanece en el éxtasis que sigue a la experiencia de comunión con Dios y con la creación. La experiencia de trascendencia, tanto en momentos de soledad como en celebraciones litúrgicas comunitarias, siempre es extática. En ella hay una comunión intemporal y silenciosa con la realidad total. Una de las características del éxtasis es la pérdida del sentido del tiempo y el espacio. Virila, El Abad de Leyre salió de sí oyendo el trino de un pájaro en el bosque y cuando regresó al monasterio, ya no conocía a ninguno de los monjes. Jugando, los niños ingresan en zonas de trascendencia y pierden la conciencia del tiempo y el espacio. Trascendencia es el sentimiento de fascinación y admiración que nos invade cuando contemplamos un panorama glorioso, el cielo tachonado de estrellas en una noche clara y serena, el bramar de las olas en una tempestad majestuosa, la contemplación de miles de hectáreas de tulipanes, la escucha de una voz maravillosa, como la de María Callas, Luciano Pavarotti, o Plácido Domingo en su canto a Soñadores de España, que nos hace sentir infinitamente pequeños ante la inmensidad del Universo, y la belleza del Creador que ha cincelado esas criaturas y burilado esos talentos, y a la vez nos sentimos sumamente importantes por formar parte de esa obra admirable de la creación, por estar en comunión con él.

RENACIMIENTO DE COMUNIÓN

El interés que actualmente existe por la meditación, la oración contemplativa y otras varias espiritualidades, el yoga o el Zen, por ejemplo, es reflejo del deseo de experiencia trascendente que late en nuestro espíritu, el cual fue creado para vivir tales experiencias. La riqueza ritual y simbólica de la vida sacramental de la Iglesia satisface en gran medida la necesidad humana de trascendencia. Cuando se proclama y se escucha la palabra de Dios bajo el poder del Espíritu, el tiempo se detiene, y es como si la asamblea palpara la gloria de la presencia y la misericordia divinas. Cuando los ritos seculares, como las artes escénicas reflejan con creatividad y autenticidad la bondad del espíritu humano, las audiencias se convierten en comunidades, ungidas por el mismo sacramento de trascendencia. Cuando el espíritu se ve privado de estos momentos de trascendencia, recurre a sucedáneos artificiales. El consumo de alcohol y otros productos químicos que alteran la mente constituye un intento de satisfacer el frustrado deseo espiritual de trascendencia. Llega un momento en que, sencillamente, ya no se puede aguantar la experiencia cotidiana del tiempo cronométrico y el espacio de doble dimensión. Entonces, las personas corren el riesgo de caer en prácticas adictivas que ofrecen una evasión pasajera a cambio de una dependencia permanente.

Las auténticas experiencias de trascendencia tienen un cierto efecto transformador o purificador. Simone Weil, en su libro “A la espera de Dios”, asegura que quince minutos de concentrado estudio pueden purificar el espíritu. La buena literatura, el buen cine, el buen teatro y la buena música tienen el poder de conducirnos a zonas de trascendencia en las que el espíritu se revitaliza y renueva. Cuando alguien mira el reloj es un signo inequívoco de que la película, la obra, o la homilía, no han sido capaces de captar su atención, de trasladarlos fuera del tiempo y el espacio. La necesidad que el espíritu tiene de tiempo fuera del tiempo, el llamado tiempo kairológico, es real y duradera. Privado de experiencias regulares de trascendencia, el espíritu recurre a sucedáneos. El poder adictivo del alcohol, he dicho, reside en su capacidad para propiciar estados de conciencia que se asemejan a la gracia característica de los momentos en que se experimenta la auténtica trascendencia.

EXPERIENCIA PROFANA

Existe una cierta clase de trascendencia que se vive en las grandes multitudes reunidas para asistir a acontecimientos deportivos, desfiles y conciertos de rock. Aunque liberan a la persona del hastío que acompaña a los largos periodos de tiempo cotidiano, tiempo cronológico, estos momentos colectivos de trascendencia no siempre están habitados por la chispa divina que despierta en el espíritu gratitud y asombro. Los momentos en que se vive la gracia de la intimidad y la trascendencia se presentan tan inesperadamente como se desvanecen. En cuanto dones del Espíritu, se resisten a cualquier manipulación. Cuando el sacerdote recibe la gracia de vivirlos, en su corazón se despierta la conciencia de su propia pobreza de espíritu. Pero no puede sino aguardar desde la fe y la oración aquello que más urgentemente necesita en cuanto ser humano. Este espíritu receptivo vuelve fecunda la tierra de su alma y le hace permanecer abierto a las sorpresas transformadoras del Espíritu de Dios. Las experiencias de momentos de auténtica trascendencia son frecuentes para los sacerdotes, pues viven en un mundo de ritos, en su ejercicio de ministros de los sacramentos.

Thomas Merton escribió sobre la experiencia extática de contemplación describiendo un fenómeno análogo que acontece cuando se buscan atajos hacia la trascendencia: «Los jóvenes de hoy creen que, si todo lo que se dice de la religión es cierto y Dios es real, debe de haber alguna manera de tener experiencia directa de esa verdad. Y si se puede tener experiencia de Dios, ¿qué impide que existan atajos para ello? Todo lo que uno necesita es alguna clase de subida ... Es como el "viaje" que uno vive cuando se pone a cantar en el coro y está realmente nervioso, y todo parece estallar en llamas, y el sitio entero se estremece». Simone Weil escribe: “Cuantas veces se presta verdadera atención, se destruye algo del mal que hay en uno mismo. Un cuarto de hora de atención es tan valioso como muchas buenas obras”. En toda manifestación creativa, los artistas experimentan de manera especial los efectos purificadores de su trabajo. Koch comprendió que el yo se desvanece en el éxtasis que sigue a la experiencia de comunión con Dios y con la creación. En estos momentos sagrados no existe ego, no hay ningún yo consciente que pueda aburrirse. Tan sólo existe la gratuita experiencia de ser en cuanto ser. Las auténticas experiencias de trascendencia se presentan acompañadas, además, de un cierto efecto transformador o purificador.

 

MEDIOS DEL CURA DE ARS

 

image010.jpg

 

Hemos visto los medios naturales para mantenernos felices y fieles, veamos el remedio sobrenatural que nos enseña el Cura de Ars. «Debido a que no se hace meditación diaria hay muchos relajados, muchos mediocres e indiferentes». «Los buenos cristianos son como esos pájaros que tienen grandes alas y pequeñas patas y que no pueden posar se porque no podrían ya levantarse de nuevo y serían cogidos; por eso hacen sus nidos en el borde de las rocas, en el techo de las casas, en lugares elevados. Del mismo modo, el cristiano debe estar siempre en sus alturas; apenas abajamos nuestros pensamientos hacia la tierra somos enseguida cogidos». «Si quisiera pintaros con exactitud el estado de un alma que vive en la medianía diría que es semejante a una tortuga o a una babosa». «Las almas de los mediocres no tienen esa agilidad que hace ir directamente a Dios. Tienen algo de pesado, de tedioso que las fatiga: frecuentemente se trata de pecados veniales a los que están apegadas». «Pasamos los años que el Señor nos concede en la indiferencia, sin preocuparnos del motivo por el cual el Señor nos ha puesto sobre la tierra». «Un alma que vive en la mediocridad no piensa en modo alguno en salir de ella porque cree que está en buenas relaciones con Dios». «La tentación más grande es no tener tentaciones». «Las tentaciones que más debemos temer y que llevan a la ruina a más almas de las que se pueda creer son los pequeños pensamientos de amor propio: esos pensamientos de estima de sí mismos, esas pequeñas complacencias sobre lo que se hace, sobre lo que se ha dicho de nosotros».

PALABRAS FINALES

Con este trabajo he querido hacerme eco de los deseos del Papa al convocar el Año Sacerdotal con motivo del Centenario del Santo Cura de Ars y al mismo tiempo exponer unas ideas que sirvan de meditación a toda clase de fieles y quizás iluminen y fortalezcan a mis hermanos sacerdotes y quiero terminar con las palabras de la Exhortación de Benedicto XVI: “Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz”.

P. JESÚS MARTÍ BALLESTER

jmartib@planalfa.es