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DOMINGO 7  A

SANTOS COMO EL PADRE

            1. "Sed santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo" Levítico 19, 1. Cuando el Levítico afirma la santidad de Dios, no considera a Dios en sí mismo, sino como creador del mundo de los hombres a quienes llama a la santidad. Por tanto para que el mundo sea lo que está llamado a ser, debe ser santo. La ley de la santidad se dirige al pueblo de Dios que vive en el mundo, a fin de enseñarle el camino de acceso a la santidad de Dios. Sólo así llegará a la plena realización de sí mismo. Pero el hombre no tiene que dar muchas vueltas para ser santo. No se es santo porque se reza mucho, sino que se debe rezar mucho para seguir por el camino de la santidad, que son todos los hermanos sin distinción: "No guardarás odio a tu hermano. Reprenderás a tu pariente. No serás vengativo, ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a tí mismo". Esto es lo que exige de los hombres el Dios santo. "No robaréis, ni defraudaréis, ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. Pagad el salario debido en justicia. No hagáis acepción de personas": No mucho acatamiento al grande y poderoso, y desprecio del pequeño. Juzgad con justicia al prójimo. El código de la santidad es toda una legislación de justicia y de fraternidad, de defensa del débil y protección del desvalido, del pobre y del pecador.

            2. El salmista resume la santidad de Dios en la manifestación de su misericordia y de su compasión: "El Señor es compasivo y misericordioso" Salmo 102.  

            3. Y esa santidad del Padre, es la que Jesús quiere ver reflejada en sus discípulos; por eso nos manda: "sed perfectos como el Padre celestial" Mateo 5, 38. Esa santidad excluye el odio, y manda el perdón, que es el don de los dones, porque es el más difícil. Está en la raíz de todos los conflictos fraternos. La santidad de los discípulos del Señor elimina la rivalidad, la agresividad, la malevolencia, el rencor, la sed de venganza, el resentimiento, cuando vemos que otro consigue lo que nosotros no hemos podido conseguir: sea estima, éxito, o prosperidad. La santidad exige sofocar la envidia, los celos, la antipatía. La santidad nos pide amar al otro como a sí mismo. Lo que no quieras para tí, no lo quieras para el otro. Lo que quieras para ti, quiérelo también para el otro.

            4  "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian". Sin el Espíritu de Jesús es imposible cumplir estos mandatos. Por eso decía Tertuliano: "Amar a los amigos lo hacen todos; a los enemigos es cosa de cristianos". "No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien" (Rm 12,21).

            5  Causa espanto el trato que dieron a San Juan de la Cruz, sus hermanos tanto calzados como descalzos. Y la persecución que Doria maquinó contra Gracián, con quien se ensañó, incomprensible en gente consagrada.

            4. "Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?". Lo hacen así los que aman a aquellos de quienes pueden sacar provecho, y utilizar como escalones, y a los que representan un valor para su vida. Es tan natural amar a los que simpatizan con nosotros y nos alaban. Pero vosotros, "habéis de ser como el Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos". No seáis como los paganos.

            5  "Si uno te abofetea en la mejilla preséntale la otra; al que te pone pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien pida que le acompañes un kilómetro, acompáñale dos; a quien te pide, dale; y al que te pide prestado, no lo rehúyas". No se han de tomar al pie de la letra estos mandatos de Cristo, sino actuar desde esa actitud y talante condescendiente, que sabe ceder derechos y suavizar la convivencia con caridad y mansedumbre. Y "donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor" (San Juan de la Cruz). Para perdonar y para amar así necesitamos y tenemos la fuerza del Espíritu Santo.

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6. La encarnación de la santidad del Padre la tenemos y la vemos en Cristo, que se entrega voluntariamente a la muerte, y muerte de cruz, por nuestro amor, para salvarnos. Y que está actuando ahora esa muerte para nuestra resurrección en la eucaristía que estamos celebrando; "porque siente ternura por nosotros, como un padre". Por eso "perdona todas nuestras culpas, y cura todas nuestras enfermedades", porque nos quiere a todos felices con su misma felicidad.

 

P. JESÚS MARTÍ BALLESTER

jmartib@planalfa.es